¿Sabíais que casi 9 de cada 10 personas a nivel mundial tienen niveles sub óptimos de vitamina D?
Hace unas semanas surgió en redes sociales una discusión que, como tantas otras, cada cierto tiempo regresa con fuerza. Esta vez el detonante fueron unas declaraciones relacionadas con la exposición solar. Como suele ocurrir en internet, el debate tardó muy poco en abandonar los matices para dividirse en dos trincheras aparentemente irreconciliables.
Por un lado, quienes interpretaron el mensaje como una invitación irresponsable a exponerse al sol sin protección. Por otro, quienes parecían sugerir que cualquier recomendación de fotoprotección es poco menos que una conspiración contra la salud humana.
Y mientras unos y otros discutían, pensé que quizá la cuestión realmente interesante estaba en otro lugar.
Porque el problema no es el sol. No puede ser el sol.
Durante millones de años nuestra biología ha evolucionado en estrecha relación con la luz solar.
El problema es que hemos dejado de vivir bajo el sol.
La mayor parte de los seres humanos pasamos hoy buena parte de nuestra vida en interiores. Nos despertamos dentro de una vivienda, nos desplazamos en coche, autobús o metro, trabajamos en oficinas, estudiamos en edificios cerrados, hacemos compras en centros comerciales y regresamos a casa cuando el día prácticamente ha terminado.
Paradójicamente, esto ocurre incluso en países privilegiados por el clima. España es uno de ellos. Solemos asumir que vivir en el Mediterráneo garantiza una exposición solar suficiente, pero hoy en día, por el ritmo de vida que llevamos la mayoría, eso no es así. Diversos estudios han encontrado niveles insuficientes de vitamina D en una proporción considerable de la población, incluso en regiones donde el sol está presente durante buena parte del año.
La paradoja mediterránea
☀️Vivimos en uno de los países con más horas de sol de Europa.
📉 Sin embargo, alrededor del 75% de la población estudiada presenta niveles insuficientes de vitamina D.
🏠 El problema no parece ser la falta de sol.
🚶 El problema es que cada vez vivimos menos tiempo bajo él.
Nuestro organismo evolucionó durante cientos de miles de años en estrecho contacto con el entorno natural. La alternancia entre luz y oscuridad marcaba los ritmos biológicos. El movimiento era inevitable. El tiempo al aire libre ocupaba una parte importante del día. El cuerpo recibía continuamente señales procedentes del ambiente.
Sin embargo, en apenas unas generaciones hemos transformado radicalmente esas condiciones.
Hoy vivimos en espacios climatizados, iluminados artificialmente y cada vez más desconectados de los ciclos naturales. Es un cambio extraordinario desde el punto de vista histórico. Y quizá no hemos prestado suficiente atención a sus consecuencias.
La vitamina D es una de las piezas más visibles de este fenómeno.
La vitamina D: mucho más que una vitamina
Durante años se la consideró principalmente una vitamina relacionada con la salud ósea. Y ciertamente desempeña un papel fundamental en el metabolismo del calcio y el mantenimiento del esqueleto. Sin embargo, actualmente sabemos que participa en numerosos procesos fisiológicos y que actúa más como una hormona que como una vitamina convencional.
Sus receptores están presentes en casi todas las células del cuerpo, por lo que participa en funciones tan diversas como la salud ósea, la función muscular, la respuesta inmunitaria o la regulación metabólica.
Por este motivo, su importancia va mucho más allá de la prevención del raquitismo o la osteoporosis.
De hecho, niveles bajos de vitamina D se han asociado con un mayor riesgo de diversas enfermedades crónicas, como diabetes, enfermedades cardiovascular, enfermedades autoinmunes o cáncer, aunque todavía existe debate científico sobre cuáles son los niveles óptimos para una salud global.
Vale, pero y ¿qué hacemos con el sol?
A veces tengo la impresión de que buscamos soluciones simples para problemas complejos. Y a la vez complicamos lo fácil.
Queremos saber cuántos minutos exactos debemos exponernos al sol.
Queremos conocer la dosis perfecta de suplemento. Queremos una respuesta definitiva y universal, sin ir más allá.
La mayor parte de la vitamina D la obtenemos gracias a la exposición solar. Sin embargo, la cantidad que cada persona es capaz de sintetizar depende de factores como la edad, el color de la piel, la latitud, la estación del año o determinadas condiciones de salud.
Por eso resulta tan difícil establecer reglas universales.
Lo que sí parece razonable afirmar es que existe una diferencia importante entre exponerse al sol de manera habitual y sufrir quemaduras solares repetidas.
Durante demasiado tiempo el debate se ha planteado como si ambas situaciones fueran equivalentes.
No lo son.
Las quemaduras solares constituyen un factor de riesgo conocido para diversos problemas dermatológicos, incluido el cáncer de piel. Evitarlas es una recomendación sensata y respaldada por la evidencia científica.
Pero reconocer ese riesgo no implica concluir que toda exposición solar sea perjudicial o que debamos pasar la mayor parte de nuestra vida evitando cualquier contacto con la luz natural.
Entre la imprudencia y el miedo suele existir un amplio espacio para la sensatez.
Quizá por eso el verdadero debate no debería centrarse únicamente en la vitamina D.
Las preguntas más interesante serían otras.
¿Cuánto tiempo pasamos realmente al aire libre?
¿Cuántas horas de luz natural recibe nuestro organismo cada semana?
¿Cuántas veces contemplamos un amanecer, caminamos por un parque o realizamos actividad física bajo el cielo abierto?
Porque cuando observamos el problema desde esta perspectiva, la vitamina D deja de ser el centro de la conversación y se convierte en una señal de algo más profundo.
Nos recuerda que seguimos siendo seres vivos.
Que nuestros genes fueron moldeados en un entorno muy diferente al actual.
Y que, por sofisticada que sea nuestra tecnología, seguimos necesitando ciertas cosas extraordinariamente simples: movernos, descansar, relacionarnos con otros seres humanos y recibir la luz del sol con sentido común.
Tal vez por eso la discusión sobre la vitamina D resulta tan interesante.
No porque hable únicamente de una vitamina.
Sino porque nos obliga a preguntarnos hasta qué punto nuestra forma de vida sigue siendo coherente con la biología que heredamos.
